lunes, 23 de abril de 2018

Fidel Castro en el humor y el olvido


Fidel Castro en el humor y el olvido

YOANI SÁNCHEZ
La Habana | 03/07/2017

Durante décadas los cubanos fuimos bombardeados por la propaganda oficial con materiales sobre la supuesta genialidad de Fidel Castro. En esas apologías no solo era padre, sino también estratega, visionario, pedagogo, agricultor y ganadero, entre otras excelsas facetas. Sin embargo, aquel prototipo de patriarca, científico y mesías tenía algunas "patas cojas".
Con el tiempo, muchos comprendimos que el Máximo Líder no era tan sobresaliente como nos querían hacer creer. En su contra tenía varios defectos capitales: carecía de toda capacidad para la autocrítica, jamás ejercitó el debate y no se le dieron bien la ironía ni el humor: los más difíciles y elevados escalones del intelecto humano.

Pese a todas las decisiones desacertadas que tomó, Castro murió sin decir "lo siento", a contracorriente de aquello que dice "errar es humano pero rectificar es de sabios". Mi generación esperó en vano su disculpa por los preuniversitarios en el campo, junto a otros tristes experimentos educativos, al igual que aguardó un mea culpa por las víctimas del Quinquenio Gris, la Unidades de Ayuda a la Producción (Umap) o las purgas estalinistas.
La controversia tampoco era el terreno del Comandante en Jefe. Rehuyó la diatriba y se apertrechó en datos escogidos que después volcó sobre los incautos periodistas extranjeros y las multitudes congregadas en la Plaza de la Revolución. Le gustaba que dijeran: "¡Qué hombre más informado!", cuando en realidad solo era un gobernante con acceso a una información que no estaba permitida a sus ciudadanos.
Castro ahogó en largas horas de discursos lo que hubiera sido una sana plática política y una discusión constructiva para mejorar la nación. Debíamos adorarlo o aplaudirlo, nunca contradecirlo. Jamás cedió protagonismo, temeroso quizás de que nos diéramos cuenta de que "el rey está desnudo" o de que el guerrillero no tenía "la menor idea" de lo que hablaba.


Todas las veces que el fallecido líder se acercó a la polémica quedó mal parado. Cuando ejercitó ese egregio deporte que es la esgrima verbal, lo vencieron en el primer acto


Todas las veces que el fallecido líder se acercó a la polémica quedó mal parado. Cuando ejercitó ese egregio deporte que es la esgrima verbal, lo vencieron en el primer acto. Su manera de encajar aquellas derrotas era apabullando al otro con larguísimos discursos o consiguiendo adláteres que destruyeran la reputación del contrincante. Fue mediocre como gladiador de la palabra.
Los chistes tampoco fueron su fuerte. Aunque Castro fue blanco de miles de historias humorísticas no demostró en toda su vida tener dotes para las bromas. En un país donde la chanza está a flor de piel, aquel encorsetado personaje —vestido de verde olivo y con frases graves o admonitorias— destapó más de una burla.
La muerte ha remarcado aquella falta de carisma para la guasa. El hombre que en vida fue blanco de miles de bromas sobre su fallecimiento y su presunta llegada al infierno lleva más de medio año muerto sin que el humor popular se digne a mencionarlo. Ni siquiera Pepito, el eterno niño de nuestros cuentos, ha querido "retratarse" con el difunto.
Triste la suerte de aquellos a quienes no se recuerda en una broma. Pobre de quien nunca dijo "me equivoqué", jamás conoció el gozo de batirse con argumentos ante un adversario y ni siquiera logró paladear la gracia del humor.

Yoani Sánchez / Cuba sobrevive a Fidel Castro



Cuba sobrevive a Fidel Castro

La isla ha vivido demasiados duelos como para vestirse con el color de la viudez. Tal vez habrá lágrimas y nostalgia, pero el legado de Fidel se irá apagando. Quienes tenían menos de 15 años en 2006, apenas recuerdan su voz



YOANI SÁNCHEZ
27 NOV 2016 - 11:49 COT





Fidel Castro
EVA VÁZQUEZ

Pocos miraban la televisión oficial a esa hora. La noticia de la muerte de Fidel Castro comenzó a correr en la noche de este viernes vía telefónica, como una información imprecisa y vaga. “¿Otra vez?”, preguntó mi madre cuando se lo conté. Nacida en 1957, esta habanera de casi seis décadas no recuerda la vida antes de que el Comandante en Jefe tomara el poder en Cuba.
Tres generaciones de cubanos hemos puesto este viernes punto final a una época. Cada uno la definirá a su manera. Habrá quienes aleguen que con la partida del líder se ha ido también un trozo de nación y que ahora la Isla parece incompleta. Serán aquellos que darán forma al credo del fidelismo que llenará, en reemplazo del importado marxismo-leninismo, los manuales, las consignas y los encendidos compromisos de continuidad.



Los propagandistas del mito colocarán su nombre de cinco letras en el panteón de la Historia nacional. Le dedicarán un rezo revolucionario cada vez que la realidad parezca negar “las enseñanzas” que dejó en sus horas de interminables discursos. Para sus seguidores, todo lo malo que ocurra a partir de ahora será porque él ya no está.
En Miami, el exilio que tanto vilipendió en sus arengas celebra que el dictador haya emprendido su último viaje. En la Isla, dentro de la privacidad de muchas casas, algunos descorchan una botella de ron. “La tengo guardada hace tanto tiempo que pensé que nunca iba a poder tomármela”, me dijo un vecino madrugador. Son aquellos que han amanecido este sábado con un peso de menos sobre los hombros, una sensación de ligereza a la que todavía no se acostumbran.



Estas también son jornadas para recordar a los que no han llegado hasta aquí. A los que murieron durante el castrismo, naufragaron en el mar, fueron víctimas de la censura que el Máximo Líder impulsó o perdieron la cordura a consecuencia de los delirios que promovió. Un inmenso coro de víctimas se expresa hoy en el suspiro de los sobrevivientes, la euforia en las calles de Florida o un simple “amén”.
Los más, sin embargo, tras enterarse de los detalles del magno funeral, bajan el volumen al televisor y expresan su hastío con un simple movimiento de hombros. Esta indiferencia contrasta con los mensajes de condolencia de los líderes internacionales, tanto los afines ideológicos como los demás. Sobre el muro del Malecón de La Habana, un par de horas después de que Raúl Castro notificara la muerte de su hermano, algunos grupos seguían comportándose como en cualquier otra madrugada: el sudor, la sensualidad, el tedio y la nada los rodeaban.


La indiferencia contrasta con los mensajes de condolencia de los líderes internacionales

Los cubanos que tenían menos de 15 años en julio de 2006, cuando se anunció la enfermedad del entonces presidente, apenas recuerdan el timbre de su voz. Solo conocen las fotos en las que aparecía últimamente cuando lo visitaba algún invitado extranjero o a través de sus cada vez más disparatadas reflexiones. Es la generación que nunca vibró con su oratoria y jamás lo secundó en el temible grito de “¡Paredón!” con el que hizo bramar la plaza de la Revolución.
Esos jóvenes ya se han encargado de reducir su dimensión histórica, en proporción inversa con la desmesura que exhibió para gobernar esta nación. No dejarán de escuchar una sola letra de sus canciones preferidas de reggaetón para entonar la consigna de “Viva Fidel”. No darán a luz a una ola de recién nacidos que lleven el nombre del extinto y tampoco se golpearán el pecho ni se rasgarán las vestiduras durante el sepelio.
Nunca se había oído menos sobre el Comandante en Jefe que al momento de su fallecimiento. Nunca el olvido se había cernido como una sombra más amenazante que cuando se anunció su final. El hombre que llenó cada minuto de Cuba por más de 50 años se fue apagando, desvaneciendo, perdiéndose de la vista de los espectadores de esta larguísima película, como el personaje que se aleja por un camino hasta quedar como apenas un punto en nuestra retina.
Deja tras de sí la gran lección de la Historia cubana contemporánea: coser el destino nacional a la voluntad de un hombre termina por transmitir a un país los imperfectos rasgos de su personalidad e insuflar al ser humano la arrogancia de hablar por todos. Su gorra verde olivo y su perfil griego alentarán por décadas las pesadillas de unos o los ripios poéticos de otros, además de las promesas populistas de muchos líderes del planeta.
Su “antiimperialismo”, como lo llamó tercamente, habrá sido su actitud más constante, el único renglón en que logró llegar hasta las últimas consecuencias. No en balde, Estados Unidos fue el segundo gran protagonista de los documentales que la televisión nacional comenzó a transmitir nada más publicarse la noticia. La obsesión de Castro con el vecino del norte recorrió cada momento de su vida política.


Los jóvenes no dejarán de escuchar sus canciones preferidas para entonar la consigna de “Viva Fidel”

La eterna pregunta que tantos periodistas extranjeros hacían, ya tiene respuesta. “¿Qué pasará cuando se muera Fidel Castro?”. Hoy sabemos que lo cremarán, pasearán sus cenizas a lo largo de la Isla y las colocarán en el cementerio de Santa Ifigenia, a pocos metros de la tumba de José Martí. Habrá lágrimas y nostalgia, pero su legado se irá apagando.
El Consejo de Estado ha decretado duelo nacional durante nueve días, pero el panegírico oficial durará meses, el tiempo suficiente para tapar con tanta algarabía la chata realidad del posfidelismo. Un sistema que el actual presidente intenta mantener a flote, agregándole remiendos de economía de mercado y llamados al capital extranjero que su hermano abominaba.
A la representación del “policía bueno y el policía malo” que ambos hermanos desplegaban ante nuestros ojos, ahora le falta una de sus partes. Será difícil para los defensores raulistas sostener que las reformas no van más rápido ni son más profundas porque en una mansión de Punto Cero, en la periferia de La Habana, un nonagenario tiene el pie puesto en el freno.
Raúl Castro se ha quedado huérfano. No conoce una vida sin su hermano, una acción política sin preguntar qué pensará sobre sus decisiones. Jamás ha dado un paso sin esa mirada sobre el hombro que lo juzga, impulsa y subestima.
Fidel Castro ha muerto. Lo sobrevive una nación que ha vivido demasiados duelos como para vestirse con el color de la viudez.
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.



domingo, 22 de abril de 2018

Cuba y las putas del socialismo / Cortesanas de la utopía

Bellísima habanera
El Malecón, La Habana, Cuba
1 de noviembre de 2015
Foto de Triunfo Arciniegas

Cuba y las putas del socialismo

Cortesanas de la utopía

El castrismo prohibió la prostitución por ser algo propio del capitalismo, pero ésta simplemente transformó su formato. Primero, sobrevivió a cambio de poder e influencias: después, el dinero volvió a la ecuación. La penuria hizo el resto.


YOANI SÁNCHEZ
11 MAR 2017 - 18:00 COT


Cortesanas de la utopía
EULOGIA MERLE

Una prostituta envejecida es como un libro con páginas ajadas que describe la vida de una nación. Un manual de supervivencia para acercarse a los vaivenes de la realidad, aprender su parte más carnal y por momentos sórdida. Muchas de las cortesanas de la utopía en Cuba ya son octogenarias. Pasaron de acariciar el pecho de sus ídolos barbudos a que la artritis las azote en las largas filas para comprar el pan.
Hace más de medio siglo en esta isla se decretó el fin del intercambio de sexo por dinero. Nadie, nunca más, vendería su cuerpo por un poco de comida, por una posición social o un mejor empleo. Las putas eran cosa del pasado capitalista y en el país que se encaminaba a la utopía no había espacio para tal debilidad. Tenían que transformarse en milicianas, en trabajadoras destacadas e intachables madres del homre nuevo.
Pero la prostitución, ¡ay!, siguió existiendo. Como la lotería que se sumergió en la ilegalidad tras ser proscrita y los chistes contra el Máximo Líder que se protegieron en los susurros, el oficio más viejo del mundo se rodeó de sombras. Los clientes ya no eran nacionales con unos pocos pesos para gastarlos en el burdel más cercano, ni marineros deseosos de recuperar en el trópico los largos días de continencia en altamar.
En lugar de eso, la meta de las cortesanas socialistas era terminar en el lecho con un guerrillero bajado de la Sierra Maestra, capturar a algún jerarca del Partido Comunista o liarse con un ministro que le proveyera de carro, viaje al extranjero o casa. El dinero en efectivo no participaba en la operación. Ella daba caricias y él devolvía poder. Eran los años de la poligamia revolucionaria, en que un comandante que se respetara necesitaba tantas queridas como medallas.
El proxeneta se transformó. Proliferaron los jefes de protocolo que conectaban a estas dedicadas compañeras con los visitantes extranjeros invitados por la Plaza de la Revolución. Con ropa ajustada amenizaban las fiestas donde guerrilleros latinoamericanos intercambiaban copas con etarras, líderes sindicales y diplomáticos de Europa del Este. Ellas reían y flirteaban. La Revolución es puro amor, pensaban ellos.
La caída de la Unión Soviética ocasionó un cataclismo en aquellas camas donde se intercambiaban sudor e influencias, semen y privilegios. Con el fin del subsidio llegado desde el Kremlin y las reformas económicas que el oficialismo se vio obligado a hacer, el dinero recuperó su capacidad de convertirse en bienes, servicios y caricias. La nueva generación de prostitutas había leído a Carlos Marx, declamado a Nicolás Guillén y echado flores al mar tras la desaparición de Camilo Cienfuegos. Eran, al decir de Fidel Castro, las más cultas del mundo.

La meta de las cortesanas socialistas era terminar con un guerrillero bajado de la Sierra Maestra

El turismo internacional entró a mediados de los años noventa con sus bebidas enlatadas, sus hoteles prohibidos para nacionales y sus damas de compañía rebautizadas como jineteras. La propaganda oficial había vociferado por todo el mundo que Cuba fue antes de enero de 1959 “el burdel de los americanos”, pero chocó entonces con la evidencia de que la isla se erigía como el prostíbulo de europeos y canadienses.
Eran los años del remate, de los precios ridículos. Un jabón, un frasco de champú o un par de zapatos bastaban para pagar los favores de estas jóvenes que habían sido formadas para habitar el futuro y terminaban en la cama con un hombre que les triplicaba la edad y del que ni siquiera sabían pronunciar el nombre. El sueño que acariciaban muchas de ellas se resumía en un contrato de matrimonio, la emigración y una nueva vida lejos de Cuba.
Hoy, muchas de aquellas gráciles cortesanas —que inundaron con vestimenta colorida las afueras de las discotecas— se han transformado en madres o abuelas que pasean a su prole por un parque en Milán, Berlín o Toronto. Con sus pensiones compran apartamentos en la isla y regresan dispuestas a pagar por un amante joven, que suspire ante el pasaporte con la nueva nacionalidad que ellas adquirieron con el sudor de su pelvis.

El deshielo entre Washington y La Habana ha potenciado también el mercado carnal

Son las sobrevivientes airosas de una dura batalla, pero otras solo lograron una enfermedad venérea, largas noches en los calabozos y el trato de groseros clientes que regateaban hasta el último beso.
La respuesta oficial contra las jineterasse concentró en la represión. Detenciones, condenas a prisión y deportaciones forzadas hacia su provincia de origen, fueron algunos de los rigores que debieron sortear estas trabajadoras del sexo. El chulo cobró importancia en la misma medida en que la calle se volvió un riesgo. Ahora, muchas aguardan en una habitación, ellos consiguen al cliente, cobran el dinero y administran sus vidas.
Floreció también la prostitución masculina. Los conocidos pingueros no resultaban tan mortificados por la policía en un país donde la tradición machista no estigmatiza igual a la mercancía que viene empaquetada en cuerpo de mancebo. Ellos logran burlar la vigilancia y llenan cada espacio del territorio nacional donde el acento delata a un visitante. Pueblan el muro del Malecón, muestran sus endurecidos bíceps en las playas más turísticas y la mayoría ofrece un servicio unisex que duplica sus posibilidades y amplía sus ingresos.
Porque el dinero, ¡ay!, siguió comprando cuerpos. Mucho más en un momento en que una nueva clase emerge a tropezones entre los despojos económicos. Los nuevos ricos no llevan uniforme militar, sino que regentan restaurantes privados o administran una empresa mixta. De la mano de ellos el cliente nacional se ha vuelto a colar en la foto de la prostitución cubana.
El incremento de las desigualdades sociales y el boom turístico que ha vivido la isla desde el comienzo del deshielo diplomático entre La Habana y Washington han potenciado también el mercado carnal. En 2016 el país alcanzó la cifra récord de cuatro millones de visitantes internacionales. Los más solicitados vuelven a ser los clientes llegados del país del Norte, esos yumas que la propaganda oficial creyó haber extirpado de los burdeles.
En el reciente Simposio Internacional Violencia de Género, Prostitución, Turismo Sexual y Trata de Personas realizado en enero pasado en La Habana, un investigador del Ministerio del Interior reveló cifras alarmantes. De un grupo de 82 prostitutas que estudió la mayoría eran “mestizas, seguidas por blancas y negras, provenientes de familias disfuncionales y permisivas, que viven en condiciones de hacinamiento”.
Estas mujeres se lanzan a los brazos de los turistas porque “no pueden cubrir las necesidades básicas de alimentación, vestido y calzado”. Una de cada tres se inició en el oficio antes de los 18 años y “cobran entre 50 y 200 dólares”, en dependencia del servicio que brinden.
No buscan lujos, sino migajas. Son las nietas de aquellas cortesanas que jadeaban entre consignas y privilegios.
Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.



Yoani Sánchez / ‘Che’ Guevara, el mito desteñido

Che Guevara
Fotografía de Alberto Korda
5 de marzo de 1960.



‘Che’ Guevara, el mito desteñido

El revolucionario argentino no está superando bien el juicio de la Historia. Sigue siendo un buen negocio para los nostálgicos, pero ya no es admisible su idea del “odio como factor de lucha” y el modelo de gerrillero que propuso ha fracasado


YOANI SÁNCHEZ
13 ENE 2018 - 18:00 COT




‘Che’ Guevara, el mito desteñido
NICOLÁS AZNÁREZ

Hace casi cuatro décadas, cuando aprendía el abecedario, me tocó decir mi primera consigna política, la misma que repiten todavía cada mañana miles de niños cubanos: “Pioneros por el comunismo, seremos como el Che”. Con la diferencia de que hoy la figura del guerrillero está muy cuestionada en muchas partes del mundo, menos en Cuba.





El hombre que posó para tantos fotógrafos, que quedó inmortalizado en un retrato con boina y mirada perdida, no está superando bien el juicio de la Historia. En estos tiempos, en que la violencia y la lucha armada son cada vez más reprobadas públicamente, emergen los detalles de sus desmanes y las víctimas de aquellos años comienzan, finalmente, a ser escuchadas.
Ernesto Guevara, el argentino que ha cautivado a cineastas, escritores y periodistas, no atraviesa un buen momento. Poco importa si su rostro sigue reproduciéndose en infinidad de camisetas, banderas o ceniceros en todo el planeta, porque su mito se destiñe en la medida en que se conoce más al personaje que realmente fue. La verdad sale a flote mientras él se hunde.