sábado, 23 de julio de 2011

Raymond Carver en la sopa




RAYMOND CARVER
UN CUENTISTA EN LA SOPA

Entrevista a Douglas Unger

Hace unos años un escritor estadounidense se quedó varios meses en Montevideo, dictando clases. Citado para un reportaje sobre su obra, presentó a su compañera, una rubia típicamente norteamericana, de sonrisa amable, como “Amy”. Bastante después, ya avanzado el reportaje, agregó al mencionarse a Carver: “ella es la hermana de Maryann, la primera mujer de Ray”. Pronto un buen porcentaje de la charla pasó a girar alrededor del autor de Catedral.
En cuanto a Unger, nació en 1952 en Moscow, no de Rusia sino de Idaho, y manejó un rancho con su hermano. De la experiencia nació Leaving the Land, que describe el derrumbe de las fincas durante el reaganismo. La novela fue comparada en su momento con Las uvas de la ira de Steinbeck. Para mayor originalidad, Unger hizo su escuela secundaria en Buenos Aires, experiencia expuesta en otra novela, El yanqui. Como suele pasar, las promesas de escribirnos quedaron en nada, y sólo sé que publicó una novela más sobre su experiencia porteña.

E. E. G.

¿Cómo conociste a Raymond Carver?
La primera noticia que tuve de él fue en Chicago, donde yo estaba publicando la Chicago Review. Sus cuentos circulaban manuscritos, de mano en mano. Un día llegó uno a través de un estudiante que había estado en Wisconsin. Era un momento muy experimental de la literatura norteamericana: Pynchon, Coover, Barth. Desde los 18 años, en cambio, Carver escribía ficción realista, escueta. Más tarde me mudé a Iowa, donde conocí a Amy. En el 75 o 76 Carver fue para una lectura. Era su mala época, cuando bebía mucho.

¿Qué impresión te provocó verlo, la primera vez?
Fue en Navidad. Nos íbamos a reunir él, Amy y yo. Me fue a buscar al aeropuerto en un auto hecho mierda, que casi no andaba. Ray era grande, como un oso, y apenas podía entrar en semejante auto para manejar. Me senté a su lado, buscó la botella bajo el asiento y me la ofreció. A los pocos kilómetros ya estábamos borrachos. Llegamos a San Francisco y festejamos durante dos semanas enteras. Más adelante fue a leer sus trabajos, y se quedó unos tres meses viviendo con nosotros.

¿Era muy conversador?
         Charlábamos bastante. Pero en esa época estaba muy deprimido, sin esperanzas, enfermo por el alcohol. Además estaba separado. Hay mucho cuentos con el clima anímico de esa época, como “Por qué no bailan” o “Cuidado”. Ray era ese hombre sin lugar en el mundo. No sabía qué hacer, adónde ir. Entonces tomaba todo el día. Le comprábamos lo que él quería. Y por lo general era alcohol. Sentía tal necesidad que a veces iba a esperar que el negocio abriera (en Iowa son negocios estatales) a las nueve de la mañana.

¿Cómo era su personalidad?
Estaba deprimido, pero lleno de humor negro. Siempre esperando la catástrofe total. Y la catástrofe llegó a él, varias veces. Tenía dos caras: una era el hombre humilde, muy bueno; la otra era la que sus amigos llamaban running dog, el perro que huye. Un costado huidizo, de ladrón, de fuera de la ley. Presentaba la tarjeta de crédito, y después dejaba una cuenta de 3.000 dólares sin pagar, como pasó en la Universidad de Nueva York. Una vez tuvo la idea, con un amigo escritor, yugoslavo, de invitar a todos a una fiesta. Invitaron a todo el mundo literario de Iowa: 40 o 50 personas. Se fueron a tomar por el camino y despertaron en otro pueblo. Mientras tanto decenas de personas llegaban a un departamento con la puerta abierta, pero vacío. Se habían fugado de su propia fiesta.

¿Cuántos hijos tuvo?
Dos: un varón y una mujer. Esa época fue muy dura para toda la familia y para su primera esposa, Maryann. Se separaban y se juntaban, se separaban y se juntaban. Hay muchos cuentos en De qué hablamos cuando hablamos de amor que expresan exactamente lo que ocurrió: “Una conversación seria”, “Una cosa más”. En este último recuerdo con precisión la cena real: yo apagué el fuego que él encendió, y limpié los pasteles de la fiesta en el garaje de su casa.

¿Qué gravedad tenía el problema de la bebida?
Si hubiera seguido así, sin duda habría muerto. Sufría una condición muy peligrosa en que caen algunos alcohólicos: cuando dejan de tomar el sistema reacciona como en un ataque de epilepsia. No podía dejar de tomar sin correr el riesgo de morir en uno de esos ataques. Lo intentó dos o tres veces, y sufrió tanto que los médicos le dijeron que no podía hacerlo solo. A la vez, si seguía tomando, con el hígado arruinado, podía morir en seis meses. Por eso lo llevaron a un centro de desintoxicación en San Francisco, Du­ffy’s Myrtledale, que es el modelo del instituto que figura en el cuento “Desde donde llamo”. Es el mismo clima, en todos los detalles. Cuando entró en el verano del 77 hacía como tres años que no escribía un cuento. Pasó allí un mes entero, y después volvió a San Francisco, a vivir con nosotros.

¿Fue para bien?
Era un ambiente muy peligroso para un ex alcohólico, porque sus propios ami­gos, que se autodenominaban The Cali­for­nia Old Boys, vivían festejando. El día que llegó, apareció uno de ellos con una botella en la mano, ofreciéndole un trago. Pudo resistir como una semana. Después volvió a caer. Alquiló un departamentito con una dueña que aparece en el cuento “Cuidado”. El lugar era tan pequeño que él, tan grande, siempre se golpeaba la cabeza en los ángulos y las cúpulas del departamento. Lo visitaba su mujer, que había dejado el alcohol, y trataba de ayudarlo como podía.

¿Cómo trataba de dejar la bebida del todo?
Le había entrado la idea de que si tomaba champaña todo iba a salir bien. Así que tomaba dos, tres, cuatro botellas de champaña por día. Porque en California es baratísima; sale a dos dólares, dos dólares cincuenta. Nadie la toma sino los estudiantes más pobres. Hay que tenerlo en cuenta cuando se lee el cuento: no se trata de una bebida lujosa. Después volvió a la clínica de desintoxicación, porque no podía luchar solo. Cuando regresó, había aprendido un sistema en Duffy’s. Era tomar una cierta cantidad decreciente durante dos semanas, hasta dejar de tomar. Cada dos horas le llevábamos una onza de alcohol. Después cada tres horas, cada cuatro. Así pudo dejar definitivamente la bebida. Se fue a vivir a la casa de un amigo, y vino su mujer, que vivió con él todo un otoño, hasta la Navidad. También fueron el hijo y la hija, con los que estaba en malos términos.

¿Cómo se llevaba la pareja en esa época?
Bien. Pero no tenían nada de dinero. Ella trabajaba como camarera en un motel y restaurante. Maryann fue muy importante en el desarrollo de Ray. Era inteligente, venía de una escuela privada. De jóvenes leían a Flaubert juntos, bajo los árboles de cerezos.

¿Qué escritores admiraba?
Empezó admirando a Hemingway, a Flaubert y a Chéjov. Pero a los 19 años ya tenía dos hijos: se había casado con Maryann a los 18 y 17, respectivamente. No tuvieron una juventud, ni la oportunidad de tenerla. Iban trabajando y estudiando de un lugar a otro. Ella siempre trabajaba. Incluso en la época en que él tomaba tanto, era profesora de secundaria y había logrado comprar una casa. Fue la primera oportunidad que él tuvo de dedicarse tan sólo a escribir. Pero el alcohol mató esa oportunidad. Después la pareja se deshizo, en MacKinleyville. A partir de allí él viajaba, sin saber adónde ir. En Iowa vivía en un hotel. Maryann regresó, para ver si podían seguir. Él siempre la amó: lo expresó en muchos artículos y en algunos cuentos. Simplemente tuvieron mala suerte: no pudieron sincronizar ni siquiera un poco sus vidas. Y la falta de dinero los destruía. Cuando Ray salió de un curso en Vermont, no tenía dinero para la gasolina. Le prestó un alumno acomodado.

¿Cómo salió de ese período negro?
De a poco. Había empezado a escribir de nuevo. Cosas terribles, como ese cuento de un hombre que no tiene manos y trata de sacar fotos. Es una situación típica de Ray: sentirse rechazado por completo por un hombre que tiene agujas en vez de manos y a la vez fascinado por el problema de cómo puede ese hombre manejar una taza de café (risas). Escribió también “Por qué no bailan”. Eso le dio más confianza para seguir adelante. Pero igual fue una época dura. Íbamos viviendo todos en casas prestadas: ella (señala a Amy) y yo, Ray y otros miembros de la familia. Ray siempre decía que éramos desperate hostages, rehenes desesperados, secuestrados por la sociedad, sin salida.
  
¿Tuvo alguna influencia su demora en publicar un libro?
(Piensa) Sí, el alcoholismo tuvo que ver con el rechazo por parte del mundo editorial. Su primer libro de cuentos, por ejemplo, estuvo listo en el 68 y no se lo publicaron hasta el 76. Fue rechazado por muchas editoriales. Tampoco tenía suerte con los premios: en Iowa se ganó tres años seguidos un segundo premio, que eran de cien dólares, y que no hacían que te publicaran en libro.

¿Cómo conoció a Tess Gallagher?
Fue gracioso. Ray salió de Iowa en un viejo Oldsmobile y el motor estalló a cien millas de El Paso, en medio del desierto. Llevaba sus cosas personales no en maletas sino en bolsas de papel, de supermercado, con todos sus efectos personales. Quedó ahí, en medio de la nada. No sabía qué hacer. Vino una camioneta y pararon. Llevaban una bicicleta atrás. Ray sacó sus cosas y le dijo al tipo y al chico que iban en la camioneta que les cambiaba el Oldsmobile por la bicicleta. Aceptaron encantados. Firmaron los papeles, y se fue en bicicleta a la próxima estación de servicio. Llamó por teléfono al único número que tenía: el de su colega, Tess, que iba a enseñar poesía por un año. Se habían visto sin presentarse en una conferencia, un año y medio antes. Por lo menos se conocían de nombre. Le dijo a Ray: “No seas tonto. Voy a buscarte en mi auto en un par de horas”. Fue, cargaron las cosas, con bicicleta y todo, y llegaron a El Paso. Muy pronto se enamoraron y empezaron a vivir juntos.

¿Cómo fue su relación?
Es interesante, porque las dos mujeres en la vida de Ray eran tan parecidas... Las dos venían de pueblos pequeños del estado de Washington, las dos eran hijas de gente trabajadora: Maryann de un granjero, grande y fuerte, y Tess de un obrero portuario, de un estibador. Maryann muchas veces mantuvo a Ray, y Tess siguió ese rol. Organizaba toda su vida: las comunicaciones, las cartas, las contratapas de sus libros.

¿Lo seguías viendo con frecuencia en esos años?
         Sí, siempre. Seguía teniendo su doble cara, pero expresadas de otro modo. Dejó de hacer las cosas como un ladrón, como antes. Aunque... (ríe) Bueno, en realidad, siempre afanaba algo. Venía a tu casa, agarraba algo, y se lo metía en el bolsillo: alguna cosita pequeña.

¿Cómo vivió él esa época de relativo éxito?
Como un milagro. Muchas veces me llamaba por teléfono y me decía: “¡Tienes que buscar la revista del New York Times! ¡Hay una nota sobre mí! ¡Es un milagro! ¡Quién podría haberlo creído antes!”. Además, siempre celebraba el éxito con los amigos. Te caía de pronto con algo de comer, con las notas recortadas, como un niño en Navidad, para compartir un juguete contigo.

¿Era muy amigo de Tobias Wolff?
Sí. Se conocieron en enero del 78, cuando él había dejado de tomar. También conoció allí a Richard Ford. Eran muy amigos, y formaban una especie de escuela. El cambio en Ray era notorio. Tenía esperanza, la esperanza de que la vida podía contener algo más. Se sentía gratificado por las cosas más simples. Le gustaba ir a pescar o escribir. En esa época pescaba. Además mi universidad, Syracusa, le ofreció un puesto buenísimo. Entró en el 79 y empezó a enseñar. En aquella época McInerney, el autor de Luces en la gran ciudad, esnifaba cocaína, llevaba una vida bastante complicada, quejándose y diciendo “Tengo que salvarme de esta maldita ciudad de Nueva York”. Ray se dio cuenta de que Jay era un tipo inteligente, valioso, y dijo: “Está bien, te consigo una beca en Syracusa”. Lo invitó a estudiar con él, y Jay vino. Escribió esa primera novela bajo la mirada de Tobias Wolff y Raymond Carver. La universidad se fue llenando de sus amigos: él tenía su puesto, después consiguió un trabajo para Tess Gallagher, después consiguió un trabajo para Tobias Wolff, después consiguió un trabajo para mí, después consiguió un trabajo para Stephen Dobyns... (risas) ¡Estábamos todos!

¿Cómo fueron los últimos meses de Carver?
Acostumbraba festejar la aparición de un libro yéndose a pescar a Alaska. Era su pasión: pescar los grandes salmones del mar. En agosto del 87 recibió la noticia de su cáncer. Fue algo muy chejoviano. Ray lo estaba releyendo, y había terminado “Tres rosas amarillas”, ese homenaje hermoso a Chéjov que está entre sus últimos cuentos. Allí Chéjov tose sangre. Mientras Ray escribía el cuento, se resfrió, empezó a toser y de pronto tosió sangre. Se asustó y vino a Syracusa de nuevo. En el 83 había dejado de enseñar, gracias a una beca que le daba 35.000 dólares al año para dedicarse sólo a la escritura. Los últimos cinco años de su vida fueron un sueño para él. Tener la oportunidad de sólo escribir, de poder dejar la enseñanza, le resultaba increíble. Llegó para la operación. En ese entonces siempre hablaba de la “vida vieja” y de la “vida nueva”. Entró a la sala de cirugía diciéndonos: “He vivido la vieja vida y la nueva vida, y ahora voy a otra vida”. Se refería a la nueva vida siguiente.

En Estados Unidos tenemos una expresión: cuando estás en peligro, o enfrentas un problema insuperable, estás “en la sopa”. Ray estaba almorzando el día anterior a la operación, y dejó de comer y dijo: “Estoy mirando la sopa, y estoy en la sopa”.

En los últimos meses escondió la gravedad de su condición a todo el mundo, incluso a Tess, para protegerlos. Les decía que estaba bien, que todo marchaba. Mientras tanto le creció un tumor en el cerebro, que trataron con radiación; se le cayó el pelo y demás. En mayo fue una cosa im­pre­sionante, porque recibió un doctorado honoris causa. Después festejaron su ingreso a la Academia Americana de Letras. Fue aplaudido por el mundo literario de Nueva York. Hubo un lanzamiento de su último libro, Desde donde llamo, y la fila de lectores parecía la de un gran estreno de cine: no cabían adentro de la librería, y se habían ordenado en una fila de dos cuadras. Y Ray me decía, señalándome a las personas: “¡Es un milagro! Es un milagro, ¿no? ¡Toda esta gente viniendo a comprar un libro mío! ¡No lo puedo creer! ¿Puedes creerlo?”. Mucha de esa gente le preguntaba: “¿Có­mo estás? ¿Cómo te sientes?”, y Ray siempre contestaba: “Me siento cada día más fuerte, cada día mejor”. Llegó la mala noticia de que le quedaba poco tiempo de vida. Se casó con Tess Gallagher en junio, y murió el 2 de agosto de 1988. Mientras le daban a todos buenas noticias sobre él, Ray aprovechó la paz para terminar el último libro de poesía. Tuvo que elegir entre visitar y hablar con los amigos, o utilizar el tiempo que le quedaba para terminar esos poemas. Fue a pescar por última vez en Alaska, se enfermó allá, volvió y murió en dos días.


1 comentario:

  1. la de la entrevista Buchonasa como decimos acá en argentina un escritor se mide por lo que escribe por sus obras y no por lo que toma o con quien se junta puede hacer de su culo un pito mientras leemos sus maravillosos cuentos Lara

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