viernes, 17 de marzo de 2017

Lucia Berlin / Luto



Lucia Berlin
Luto

Me encantan las casas, todas las cosas que me cuentan, así que esa es una razón de que no me importe trabajar como mujer de la limpieza. Se parece mucho a leer un libro.
He estado trabajando para Arlene, de la inmobiliaria Central. Limpiando casas vacías, sobre todo, pero incluso las casas vacías tienen historias, pistas. Una carta de amor en el fondo de un armario, botellas de whisky vacías escondidas detrás de la secadora, listas de la compra..."Por favor trae detergente Tide, un paquete de linguine verdes y un pack de seis Coors. No pensaba en serio lo que dije anoche."

Últimamente he limpiado casas en las que alguien acababa de morir. Limpiar y acabar de clasificar las cosas para que la gente se las lleve o las done a la caridad. Arlene siempre pregunta si tiene ropa o libros para el Hogar de los Padres Judíos, que es donde está Sadie, su madre. Han sido trabajos deprimentes. O los familiares lo quieren todo y se pelean por las cosas más insignificantes (unos tirantes viejos y raídos, o un tazón), o ninguno quiere saber nada de lo que hay en la casa, así que solo he de meterlo todo en cajas. En ambos casos lo triste es qué poco se tarda. Piensa en ello. si murieras...podría deshacerme de todas tus pertenencias en dos horas como máximo.
La semana pasada limpié la casa de un cartero negro muy mayor. Arlene lo conocía, había estado postrado en cama con diabetes hasta que murió de un ataque al corazón. Había sido un viejo mezquino, severo, me dijo, uno de los patriarcas de la iglesia. Era viudo; su mujer había muerto diez años antes. Su hija era amiga de Arlene, una activista política, en el comité educativo de Los Ángeles.

-Ha hecho mucho por la educación y el derecho a la vivienda en la comunidad negra. Es una tipa dura -dijo Arlene, así que debía de serlo, porque eso es lo que dice siempre la gente de Arlene. El hijo es cliente de Arlene, y otra historia. Abogado del distrito en Seattle, es dueño de propiedades inmobiliarias en todo Oakland-. No diré que sea el amo de los suburbios, pero...

El hijo y la hija no llegaron hasta última hora de la mañana, pero yo ya sabía mucho de ellos, por lo que Arlene me había contado, y por otras pistas.. Cuando entré reinaba ese silencio que retumba en las casas donde no hay nadie, donde alguien acaba de morir. La vivienda estaba en un barrio decadente en Oakland Oeste. Parecía una pequeña granja, limpia y bonita, con un balcón en el porche, un jardín cuidado con rosales leñosos y azaleas. La mayoría de las casas alrededor tenían las ventanas condenadas con tablones, grafitis pintados. Viejos borrachines me observaban desde los escalones combados de un porche; camellos jóvenes vendían crack en las esquinas o sentados en los coches.

Dentro, también, la casa parecía un mundo aparte del barrio, con cortinas de visillo, muebles lustrosos de roble. el anciano había pasado mucho tiempo en una gran galería acristalada de la parte trasera de la casa, en una cama de hospital y una silla de ruedas. En las repisas de las ventanas se apiñaban helechos y violetas africanas, y cuatro o cinco comederos justo al otro lado del vidrio, para los pájaros. Un televisor enorme, un vídeo, un reproductor de CD; regalos de sus hijos, supuse. En la chimenea había un retrato de bodas: el hombre de esmoquin, con el pelo peinado hacia atrás y un bigotillo de lápiz; la esposa era joven y preciosa. Ambos posaban solemnes. Una fotografía de ella, vieja con el pelo blanco, pero con una sonrisa, ojos sonrientes. Solemnes también los hijos en las fotos de graduación, guapos los dos, seguros, arrogantes. La foto de bodas del hijo. Una bella novia rubia de satén blanco. Luego los dos en otra foto con una chiquilla, de un año más o menos. Una foto de la hija con el congresista Ron Dellums. En la mesilla de noche había una tarjeta que empezaba: "Perdona, tuve demasiado lío para ir a Oakland en Navidad...", que podría haber sido de cualquiera de los dos. La Biblia del anciano estaba abierta por el Salmo 104. "Él mira la tierra, y ella tiembla; toca los montes y humean."

Antes de que llegaran limpié los dormitorios y el cuarto de baño de arriba. No había gran cosa, pero lo que encontré en los armarios y el mueble de la ropa blanca lo amontoné ne distintas pilas sobre una de las camas. Estaba limpiando las escaleras, apagué el aspirador cuando entraron. Él fue cordial, me estrechó la mano; ella se limitó a inclinar la cabeza y subió las escaleras.Debían de venir directamente del funeral. Él llevaba un traje negro de tres piezas con una fina raya dorada; ella iba con un conjunto de cachemira gris y una chaqueta de ante del mismo color. Ambos eran altos, guapísimos. Ella se había recogido el pelo en un moño tirante. No sonrió en ningún momento. Él no dejó de sonreír.

Los seguí a las habitaciones. Él cogió un espejo ovalado con un marco de madera tallada. No quisieron nada más. Les pregunté si podían donar algo al Hogar de los Padres Judíos. Ella me escrutó con sus ojos negros.

-¿Te parecemos judíos?

Él se apresuró a explicarme que la gente de la iglesia Baptista Rosa de Sarón pasaría más tarde a recoger todo lo que dejaran. Y del servicio de material clínico a por la cama y la silla de ruedas. Mejor me pagaban ya, dijo sacando cuatro billetes de veinte de un grueso fajo que sujetaba con una pinza plateada. Me pidió que cunado terminará cerrara la casa y le dejara la llave a Arlene.

Me puse a limpiar la cocina mientras ellos estaban en la galería. El hijo cogió el retrato de bodas de sus padres, y sus fotos. Ella quería la foto de su madre. Él también la quería, pero dijo: No, quédatela. Se quedó con la Biblia; ella con la foto donde salía con Ron Dellums. entre las dos lo ayudamos a cargar el televisor, el vídeo y el reproductor de CD al maletero de su Mercedes.

-Dios, es horrible ver cómo está el barrio ahora- dijo él.

Ella no dijo nada. Creo que ni siquiera había echado un vistazo. Al volver dentro, se sentó en la galería y miró alrededor.
-No puedo imaginar a papá mirando los pájaros, o cuidando las plantas -dijo.

-Es raro, ¿no? Aunque creo que nunca he llegado a conocerlo de verdad.

-Él era el que nos ponía firmes.

-Recuerdo cuando te dio una azotaina por sacar un aprobado en matemáticas.

-No -dijo ella-, saqué un bien. Un bien alto. A él nada le parecía suficiente.

-Ya lo sé. Aun así...desearía haber venido a verle más menudo. Me horroriza pensar cuándo estuve aquí por última vez...Sí, lo llamaba mucho, pero...

Ella lo interrumpió, diciéndole que no se culpara, y luego coincidieron en que había sido imposible que su padre viviera con cualquiera de los dos, con lo absorbidos que ambos estaban por el trabajo. Procuraban darse la razón, pero se notaba que les pesaba.

Y yo soy una bocazas. Ojalá me hubiera callado.

-Esta galería es tan agradable...-dije de pronto-. Parece que vuestro padre era feliz aquí.

-¿Verdad que sí?-dijo el hijo sonriéndome, pero la hija me lanzó una mirada penetrante.

-No es asunto tuyo si era feliz o no.

-Lo siento -dije. Siento no poder soltarte un bofetón bruja malvada.

-No me iría mal un trago -intervino el hijo.-Aunque seguramente en casa no haya nada.

-Le mostré el armario donde había brandy y un poco de licor de menta y jerez. Les sugerí que pasaran a la cocina para revisar los armarios y enseñarles las cosas antes de meterlas en cajas. Se trasladaron a la mesa de la cocina. Él sirvió dos grandes copas de brandy, una para cada uno. Bebieron y fumaron Kools mientras yo vaciaba los armarios. Ninguno de los dos quiso nada, así que acabé rápido.

-También hay algunas cosas en la alacena...-Lo sabía porque les había echado el ojo. Una plancha antigua con el mango de madera tallada y el armazón de hierro forjado.

-¡Esa la quiero yo!- dijeron a la vez.


-¿Vuestra madre la usaba para planchar?-le pregunté al hijo.

-No la hacía para hacer sánwiches tostados de jamón y queso. Y con la carne en conserva para prensarla.

-Siempre me había preguntado cuál era el truco...-dije, yéndome otra vez de la lengua, pero me callé al ver que la hermana me echaba otra mirada de las suyas.


Un viejo rodillo de amasar, suave por el uso, sedoso.

-¡Lo quiero!-exclamaron los dos. 

Entonces ella sí se rió. El alcohol, el calor de la cocina le habían aflojado un poco el peinado, varios mechones se le ensortijaban alrededor de la cara, ahora brillante. Se le había ido el pintalabios; parecía la chica de la foto de graduación. Él se quitó la chaqueta y la corbata, se remangó la camisa. Ella me sorprendió admirando su magnífica complexión y me lanzó aquella mirada asesina. 

Justo entonces llegaron los empleados de Western Medical Supply a recoger la cama y la silla de ruedas. Los acompañé a la galería, abrí la puerta de atrás. Cuando volví, el hermano había servido otro brandy en cada copa. Estaba inclinado hacia su hermana.

-Haz las paces con nosotros -le decía-. Ven a pasar un fin de semana, así podrás conocer mejor a Debbie. Y a Latania ni siquiera la conoces. Es preciosa, idéntica a ti. Por favor.

Ella guardó silencio, pero pude ver que la muerte empezaba a ablandarla. La muerte cura, nos dice que perdonemos, nos recuerda que no queremos morir solos.

Asintió.

-Iré- dijo.

-¡Ah, eso es estupendo! -dijo él.Puso una mano en la de su hermana, pero ella retrocedió, apartó la mano y asió la mesa como una garra rígida.

Qué fría eres malvada, dije. No en voz alta. en voz alta dije:

-Apuesto a que aquí hay algo que los dos vais a querer...

Una plancha de acero antigua para hacer gofres, muy pesada. Mi abuela Mamie tenía una. No hay nada como esos gofres. Crujientes y dorados por fuera y tiernos por dentro. Puse la plancha entre los dos.

Ella sonrió.

-¡Eh, esa es para mí!

Él se echó a reír.

-Vas a tener que pagar una fortuna por exceso de equipaje.

-No me importa. ¿Te acuerdas de que mamá nos preparaba gofres cuando estábamos enfermos? ¿Con auténtico sirope de arce?

-El día de San Valentín los hacía con forma de corazón.

-Solo que nunca parecían corazones.

- No, pero le decíamos: "Mamá, ¡te han salido corazones perfectos!"

-Con fresas y nata montada.

Entonces saqué otras cosas, fuentes de horno y cajas de frascos para conservas que no eran interesantes. La última caja, en el estante más alto, la dejé encima de la mesa.

Delantales. De los antiguos, con peto. Cosidos a mano, bordados con pájaros y flores. Paños de cocina, también bordados. Todos hechos con la tela de los sacos de harina o retales de ropa vieja. Suaves y descoloridos, con olor a vainilla y clavo.
-¡Este lo hizo con el vestido que llevé el primer día de colegio en cuarto de primaria!

La hermana empezó a desplegar los delantales y los paños uno por uno, tendiéndolos sobre la mesa. Oh. Oh, repetía. Le caían lágrimas por las mejillas. Recogió todos los delantales y los paños y los estrechó contra su pecho.

-¡Mamá! -gritó-. ¡Ay, mamá querida!

El hermano también estaba llorando, y fue hacia ella. La abrazó, y ella dejó que la abrazara, que la meciera. Salí de la cocina y por la puerta de atrás.

Estaba todavía sentada en las escaleras cuando un camión aparcó delante y se bajaron tres hombres de la iglesia baptista. Los acompañé hasta la puerta de la entrada y a la planta de arriba, y les dije que podían llevárselo todo. Ayudé a uno con las cosas de arriba, y luego lo ayudé a cargar lo que había en el garaje, herramientas y rastrillos, una segadora para cortar el césped y una carretilla.

Bueno, pues ya está -dijo uno de los hombres.

El camión reculó para dar la vuelta y saludaron con la mano al irse. Volví adentro. La casa estaba en silencio. Los dos hermanos se habían ido. Entonces barrí y me marché, cerrando con llave las puertas de la casa vacía.

Lucia Berlin,
Manual para mujeres de la limpieza,



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